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El caso Zurbano



Rostros de Cuba / Luis Felipe Rojas
 El caso Zurbano estalló a finales de marzo de 2013, cuando el intelectual de ascendencia africana, residente en Cuba, publicó en The New York Times el ya célebre artículo Para los negros en Cuba, la Revolución no ha terminado, que el periódico estadounidense traduciría como Para los negros, la Revolución no ha comenzado. Viniendo como venían de un escritor afín a las instituciones culturales oficiales en la Isla, sus palabras alcanzaron una relevancia mediática considerable, convirtiéndose en un reto para el funcionariado procastrista.

Para los negros en Cuba, la Revolución no ha terminado / Roberto Zurbano


Rostros de Cuba / Luis Felipe Rojas
El cambio es la más reciente noticia sobre Cuba, pero para los afrocubanos es más un deseo que una realidad. En los últimos cinco años han desaparecido muchas prohibiciones absurdas que impedían hospedarse en un hotel, comprar un teléfono celular, vender su casa, abrir una empresa privada, viajar al extranjero, etc. A estos gestos les llaman aperturas, pero no es más que naturalizar la condición ciudadana. Los resultados, no solo económicos, de tales gestos, traerán verdaderos cambios que permitirán a Cuba salir de la Historia y entrar, de una vez, en el Presente. El Futuro se acerca veloz, desesperadamente, y en esa carrera van cayendo sueños y utopías compartidas hasta ayer por muchos cubanos.

Entre el garrote y el agradecimiento / Juan Antonio Madrazo


Felicidad / Orlando Luis Pardo
El linchamiento y la satanización de quienes intentamos construir la nación desde una voz diferente, ha sido una práctica habitual durante los últimos 52 años en Cuba. Ambas herramientas, como tecnología de poder, le han ido muy bien al régimen cubano, y el tema racial como zona discursiva no ha estado ajeno.
Para nada a Roberto Zurbano le sirvió su credencial de buen revolucionario, de la noche a la mañana la crisis de confianza lo marcaría para siempre. Era destituido como presidente del Fondo Editorial de Casa de las América en contra de su voluntad, pues ingresaba a la categoría de no confiable y ni siquiera su jefe inmediato, el disciplinado sargento Roberto Fernández Retamar, se atrevería a meter el cuerpo por él, pues fue uno de los primeros en cobrarle  la altura de su atrevimiento pidiendo su renuncia.

En el camino equivocado / Leonardo Calvo Cárdenas


Descanso / Orlando Luis Pardo
Cuba vive un complejo y traumático proceso de crisis y transformaciones en el cual se hacen cada vez más evidentes las carencias y fracturas que complican el escenario socioeconómico. En ese marco las desventajas y desigualdades que enfrentan los afrodescendientes cubanos se recrudecen de manera inquietante, en tanto al peso de una carga histórica muy mal aliviada se unen una serie de diseños y medidas destinadas a enfrentar la debacle económica, pero que tienden a profundizar esa indeseable y cada vez más evidente polarización social. Ella afecta sobremanera a un sector social que, a pesar de su peso demográfico y sociocultural, ha llevado siempre la peor parte en la interrelación de convivencia, sin importar época o momento histórico.

El nuevo periodismo en Cuba / Manuel Cuesta Morúa

El surgimiento del periodismo independiente en Cuba data de finales de los años 80 del pasado siglo. Una eclosión de pequeñas agencias se abrió paso por toda la isla, estableciéndose como centros puntuales para, por primera vez después de 1959, construir la información desde los hechos sociales. Esto es ya democratización en el nivel de la opinión, independientemente de que su primer impacto se limite al espacio simbólico y al mundo exterior. A partir de aquí se rompe el monopolio estatal en la emisión informativa. 

Es bueno contrastar la narrativa del periodismo independiente con la narrativa del periodismo oficial para captar el significado del primero y su impacto en la realidad cubana. La prensa oficial es periodismo solo por su formato: producción diaria, respuestas de interrogación como base y estructura del estilo  formal de los hechos narrados o informados, y cuerpo de corresponsales, periodistas y editores encargados de publicar, lo que asume como noticia, por los medios habituales de información. Hasta ahí. Porque en un sentido estricto, no se trata con la prensa oficial del concepto periodístico de publicar, que es el de ofrecer información sin conclusiones, sino del concepto ideoestético de publicidad, donde se intenta mostrar subliminalmente un hecho políticamente intencionado. 

La prensa oficial abandona el periodismo en su naturaleza originaria de informar lo noticiable en un rango jerarquizado de hechos sociales, y en el sentido de vigilancia institucionalizada de las instituciones y los sujetos del poder.  Se convierte por ello en un medio de combate que arroja las herramientas y el espíritu crítico consustanciales al ejercicio de la información, para asumir una función apologética del Estado, asimilándose así al sentido y estructura de la heráldica informativa. Su misión no es pues emancipar al lector, su tarea es coaptarlo. 

De modo que el periodismo oficial no narra hechos sociales; narra hechos políticos del poder. Su problema, a pesar de las críticas que se le han hecho y se le hacen, no es por tanto con la objetividad de la supuesta información que brinda. Su problema radica en su capacidad o incapacidad para interpretar y reflejar con más o menos imaginación la subjetividad cotidiana del poder político desde su interés de moldeo ideológico.  Por eso me ha parecido siempre injusto juzgar a la prensa oficial cubana a partir de los criterios de objetividad, instantaneidad, contraste de visiones, imparcialidad y censura.  No obstante, a su manera, y aunque resulte paradójico, ella participa de lo que será una característica pronunciada del nuevo periodismo: el valor de la subjetividad, propio de ese periodismo de opinión que se constituye como plataforma de lanzamiento del nuevo periodismo en Cuba.

El nuevo periodismo empieza compartiendo con el periodismo oficial un punto básico: para ambos, todavía, el mensaje sigue siendo el mensaje. El famoso aserto del educador y filósofo canadiense Herbert Marshall McLuhan de que el medio es el mensaje no se cumple en ninguno de los dos casos. Combatir, a través del medio noticioso, concentra todos los esfuerzos en precisar el filo de los mensajes, sin preocuparse por la tecnología o la economía de los medios.

Ahí, entre el intento de recuperar la naturaleza originaria del periodismo y la necesidad de abrirse paso y defenderse de la respuesta política del poder, se desarrolla ese nuevo periodismo de finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo pasado.  Él también es combativo, de denuncia y, en un sentido fundamental, es incluso ideológico.

Como se ve, he utilizado hasta ahora el contraste entre nuevo periodismo y periodismo oficial, cuando la comparación lógica parecería ser entre nuevo y viejo periodismos.  

Pero mi lógica es la siguiente. Si hacemos un análisis, empezando por el tipo de medios hasta llegar a  la estructura organizacional, no habría muchas diferencias entre el nuevo y el periodismo oficial. Ambos coinciden en el empleo de la máquina de escribir, ambos se organizan desde agencias centrales con una miríada de corresponsales y un editor que elige lo noticiable, y ambos establecen una estructura jerárquica muy tradicional.  En esta perspectiva, no son ni viejo ni nuevo periodismo. Son periodismo a secas, que se atiene a un modo más o menos eficaz de organizar la objetividad informativa y filtrar las fuentes.   

Lo que hace nuevo al periodismo independiente que surge es su carácter social, un tipo de periodismo cívico y ciudadano que intenta dar voz más que informar. Desde luego que pretende informar. Por este camino viene el sentido de recuperación del periodismo en su sentido lato. Buscar los hechos, definir sus fuentes, atenerse a lo acontecido, contrastar los discursos con la realidad, marcar sus distancias con la política y narrar lo que el poder esconde le devuelve al periodismo su función de informar a costa del poder y de los poderosos. El periodismo independiente pretende y de algún modo logra colocarse como un segundo poder. Se pone así de frente al periodismo como continuidad del poder y debe sufrir por supuesto las consecuencias.

¿Cuáles? Para empezar, el periodismo independiente es un periodismo de fuentes silenciosas o fuentes secas. Si la prensa oficial no tiene entrada a los departamentos de las empresas, en los ministerios, en los centros de producción y mucho menos a los centros estadísticos de la burocracia o a entrevistas con los responsables al mando; si ella no puede siquiera arrancar información de modo extra oficial protegiendo sus fuentes débiles; pero si además no concibe en su decálogo  la posibilidad de hurgar y construir la información a pesar de las restricciones que impone el Estado, ¿cómo será entonces para la debutante prensa independiente el tratamiento posible de y con las fuentes?   ¿De dónde podrá obtener su información y cuán objetiva podrá ser? ¿De qué modo construirá su credibilidad frente a reales y potenciales lectores, situados en su mayoría en países donde la medición y el escrutinio sobre la prensa son más o menos rigurosos?  

La prensa independiente tenía y tiene serias dificultades para construir su credibilidad basándose en un uso verosímil de las fuentes. Simplemente no ha tenido posibilidad de acceso, del mismo modo que no la tuvieron ni tienen la prensa oficial o la prensa extranjera acreditada en Cuba.  La más inteligente y mejor situada de las agencias independientes podía y puede construir información veraz contrastando o explotando las contradicciones visibles a partir de la información ofrecida o los datos ocultos —los datos que se obtienen desde la famosa lectura entre líneas— y creando una fuente especial por la acumulación de una serie informativa de datos y hechos oficiales que permita un periodismo investigativo de cierto rigor. A fin de cuentas, la realidad no se puede ocultar todo el tiempo con todo el éxito. Aquel tipo de periodismo independiente que usa bien ese tipo fuentes seriadas ha sido excelentemente hecho por el sector que se dedica a los temas económicos, más fáciles de tratar de esa manera.  

Por eso la prensa independiente logra su credibilidad e instalarse como institución social de importancia en Cuba por otras tres vías importantes. Por la vía de la presión al poder, a quien obligó y obliga a brindar más y mejor información al público, la que a su vez servía y sirve de fuente indirecta para crear información independiente más apegada a la realidad y sin necesidad de entrevistar a un ministro o de tener acceso a los archivos de la burocracia; por la vía de rasgar la imagen del poder, mediante la cual el periodismo independiente fue creando con tenacidad una matriz de opinión negativa del régimen desde la denuncia frente a la opinión pública internacional; y, finalmente, por la vía del periodismo social y cívico.

Porque si el periodismo de opinión independiente ha sido  clave para desnudar cotidianamente al Rey, mostrando a través de grandes agregados generales la creciente  y pertinaz contradicción entre el discurso del triunfo y la miseria de la realidad, el periodismo social y cívico, también llamado periodismo ciudadano, ha sido el que le ha dado voz y rostro a las historias de vida, a los pequeños y no tan pequeños acontecimientos cotidianos que ocurren en pueblos distantes, en comunidades alejadas, y en lugares y desde hechos a los que jamás se ha acercado ni remotamente la prensa oficial cubana. Ha sido un periodismo cívico también de otra manera: contando el lado positivo de la historia de la sociedad civil; cómo esta construye sus espacios y proyectos, y cómo interactúa, donde ha sido y es posible, con el resto de la sociedad.    

En este sentido el periodismo independiente nacido a fines de la década de los 80 y principios de la década de los 90 del siglo pasado, anticipa el fenómeno blogger. ¿De qué manera?  Por sus contenidos. La limitación objetiva de construir un periodismo de fuentes, inmediato y con acceso al poder, le proporciona al periodismo independiente en Cuba las avenidas de lo social, del story telling en tiempo real, de las peripecias de la vida cotidiana como fuentes para narrar y mostrar la otra realidad que el mundo no imagina, que los cubanos que viven a una esquina de distancia de los desgarramientos ocultos desconocen, y que el poder ha decidido ignorar y prefiere tirar bajo la alfombra de su utopía vivida.

Cuando la prensa oficial muestra rostros felices, proyectos terminados y obras sociales en construcción, la prensa independiente muestra el reverso, lo inacabado y los rostros con arrugas que han aguardado por años su bienestar o el fin de sus precariedades.  Las primeras historias vivas de la marginalidad y de los mercados vacíos aparecen en los textos de la prensa independiente que solo puede llegar con su libreta de notas a pueblos, comunidades y barrios que le circundan para luego dictarlas por teléfono en mensajes de voz. Las primeras imágenes de hospitales deshechos fueron vistas tras la lente de foto—reporteros independientes que mostraban  las grietas ensanchadas en el sistema de salud cubano. De modo que los primeros blogs en Cuba fueron de papel.  

Su rol ha sido importante como la primera fuerza que permite en Cuba, y para los cubanos que pueden seguirla, la democratización de la información. De tres formas diferentes y complementarias: por la posibilidad de otro punto de vista, por la visibilidad de otra versión hecha con datos fragmentarios y por la apertura y escucha de otras voces que vienen desde abajo. 

La represión a la prensa independiente de 2003 podría entenderse de otro modo como un intento, fallido a la larga, de impedir que el real o supuesto enemigo obtuviera una visión distinta y sistemática de la realidad cubana. Nunca debería verse como la necesidad de cortar un flujo de información sensible descodificada para uso del enemigo, tal como ha pretendido hacer ver la ridícula y cruel Ley 88, o Ley Mordaza como mediáticamente se le conoce. 

El impacto agregado más importante de la prensa independiente es, en consecuencia, el de la democratización. Las redes sociales que toman impulso en el mundo a fines de los años 90 y a partir del 2004 y 2005 en Cuba solo potenciaron el efecto democratizador que la prensa independiente venía fraguando desde el siglo pasado. Tienen algo de razón por eso los periodistas independientes que se quejan de los efectos mediáticos de aquello que intuyó MacLuhan: la conversión del medio en el mensaje. Y este fue el caso con la aparición de las bitácoras digitalizadas y de otras redes sociales de comunicación instantánea.

Las redes sociales

Con la irrupción del blog dio la impresión de que irrumpía también la suerte de periodismo social y cívico que lo constituye como fenómeno fuerte dentro de los medios masivos de comunicación  globalizados y dentro de la sequedad de la prensa en Cuba.  Pero las bitácoras personales eran la realidad de la prensa independiente en la isla, no por elección sino por necesidad de ser y hacer algo diferente, perseverar y sobrevivir sacando a la luz el tipo de información que no demanda ni depende de fuentes ligadas al Estado, y que se puede conformar con una observación inteligente y perspicaz de la realidad social. Esta información es casi siempre mediata, contada en crónicas literarias y constituye noticia retardada.

Lo que el periodismo independiente quizá perdió de vista fue el impacto exponencial e integrativo del blog como referente dentro de las redes sociales, y la capacidad de estas para potenciar la comunicación y darle una capacidad exponencial a la información, a la opinión y a las historias bien contadas. En las redes sociales no es necesario ni siquiera escribir correctamente o con estilo, basta saber contar una historia atractiva con un nuevo lenguaje virtual y tener la voluntad de hacerlo.

Esto último es lo más importante, desde mi perspectiva, como efecto democratizador provocado por el nuevo periodismo dentro de las redes sociales. Basta la voluntad individual para la proyección del mensaje personalizado a través de una matriz de redes compactadas que al mismo tiempo ponen la mínima información y la pequeña opinión en un montón de salidas comunicacionales que pueden ser vistas, leídas y desechadas simultáneamente por cientos de miles de consumidores múltiples.
Esta potencia informativa no mejora la calidad de la información de por sí, pero multiplica la voz, democratiza a los sujetos, presiona a los medios más establecidos y les obliga a un cambio de formato si quieren conservar a sus lectores. De hecho, tiene efecto sobre el tema de la veracidad informativa porque resulta más accesible, a partir de la existencia de la comunicación digital múltiple, la poderosa red de desmentidos públicos en medio de la aldea global.

Esta cacofonía de voces que potencialmente pueden contar tanto sus propias historias como sus versiones sobre una historia, es lo más importante de las redes sociales: democratiza la voluntad de contar, y con relativo éxito. Y está claro que el tipo de bitácoras de agencia que caracterizó y caracteriza al periodismo independiente en Cuba tiene que asumir también la realidad de que el medio es soporte del mensaje. O perece.      

Ahora son las redes sociales o no hay prensa. Los grandes medios comienzan su traslación al mundo digital, y no abandonan el papel pero este se convierte cada vez más en una suerte de prensa de cámara leída por un cada vez más reducido segmento de lectores analíticos. Con la prensa en copia dura se desarrolla un nuevo tipo de lector: el aristocrático, quien gusta del tacto del papel, de la escritura oblicua y al margen, de recortar notas, artículos o reportajes para coleccionar y que conserva la tradición de envolver flores en papel periódico húmedo con el fin de transportarlas con vida. 

Este proceso mediático se desarrolla con más fuerza una vez que se desinfla el real o supuesto potencial  de las redes sociales para traer la democracia a aquellos lugares dominados por dictaduras u autocracias.

¿Cuál es el papel de las redes sociales en la democratización? El mismo que el del periodismo tradicional pero esta vez multiplicado. Por eso lo entiendo como importante pero no crucial. A mi modo de ver ha habido una proyección mediática de los medios sobre su propia capacidad para instalar democracias.  Si la libertad de expresión es condición y causa de que existan sociedades democráticas, creo que se ha producido una confusión entre aquella —la libertad de expresión— y los medios empleados para canalizarlos. Las redes son una herramienta, no son de por sí la libertad misma. Como el hacha del cazador potenció la igualdad de los contendientes en la lucha por la liberación del yugo del más fuerte. E hizo más fuerte a la larga al tirano.

Es cierto que la Internet, como matriz de las redes sociales, posibilita el acceso de un número mayor de personas a un número mayor de información en el menor tiempo posible, y permite, al mismo tiempo, lo más importante para la democracia: el ejercicio de la propia voz y la deslegitimación consiguiente de las coartadas tradicionales para negar el acceso de los ciudadanos a las fuentes de poder: sean las de los que los representan o las de los que gestionan sus servicios. Esto es de por sí democratización y se constituye en una condición suficiente para exigir la democracia. No es sin embargo una condición necesaria para que esta llegue a vías de hecho.

Más que herramientas para la libertad de expresión, se necesita cultura de libertad de expresión. Y ésta precede a las herramientas. Razón por la que Internet se convierte en derecho exigible  más que en recurso de poder para alcanzar la democracia. Las redes sociales democratizan más a sociedades democráticas que a sociedades autoritarias.  ¿Por qué?  Porque se convierten en instrumentos de ciudadanos activos que potencian por nuevos canales una predisposición a la democracia construida culturalmente al margen de la tecnología. No hay pruebas de una sociedad autoritaria que se haya democratizado una vez que modernizó sus redes de comunicación e interacción social. Me surge siempre la pregunta de si en la China actual hay más potencia democratizadora que en la China de 1989. Probablemente haya más condiciones y menos ímpetu, proporcionalmente hablando.

La cuestión es que la democracia exige una voluntad común y las redes, que la posibilitan, tienden también a dispersarla a través de la bitacorización de los mensajes y de la voluntad. El individuo puede estar también tan solo cuando está conectado como cuando está en medio de la masa.  ¿No es la masa la mayor concentración de energía por campo humano que existe?

El tema de fondo es que, en tanto herramienta, la Internet y sus redes sociales pueden ser usadas también, y de hecho lo son, por las dictaduras y las autocracias y los enemigos sociales de la libertad. Porque habría que asumir también que la sociedad civil puede constituirse en enemigo de la democracia. Me parece que el hecho de que las tecnologías de la comunicación sean un fenómeno creado y producido por sociedades libres, se entiende indebidamente como productor de libertad en cualquier tiempo y lugar. No se invierte la lógica para comprender entonces que ellas son más un producto de la libertad acumulada que creadoras de libertad per se.

Las sociedades totalitarias se derribaron en un momento anterior a la explosión de la Internet y sus redes sociales. Por su parte, el mundo árabe no fue ni es más democrático a causa de las redes sociales. Estas propiciaron la rapidez y la conectividad de una voluntad democratizadora que ya existía en sociedades que por demás tenían, aunque fuera en ciernes, el germen de una sociedad civil institucionalizada. De Túnez a Egipto. De modo que las redes sociales aceleraron el encuentro de los ciudadanos en aquellos espacios cívicos que ya tenían, potenciándolos. En otro contexto, Venezuela, las redes sociales no han impedido el deterioro progresivo de la democracia, tanto en su calidad —entendida como el comportamiento de sus actores— como en sus instituciones, vistas en su dimensión independiente y de imparcialidad estructural. Y consta que los venezolanos se cuentan entre los ciudadanos latinoamericanos más activos en las redes sociales. Podríamos extender este análisis a otras naciones conectadas y high tech que sufren un deterioro similar de su cultura e instituciones democráticas.
 
En Cuba asistimos a un reacomodo de las expectativas en relación con la capacidad de las redes para traer la democracia.  Y no solo por la constatación obvia de que el acceso a las redes depende, hasta ahora, de la voluntad del gobierno, sino por el hecho de que Cuba es la prueba de la dispersión de la voluntad democrática precisamente por su posibilidad para expresarse como voz personalizada y activa en medio de la explosión cacofónica de la opinión. Esto es democratizador en sí mismo, insisto, pero no produce ni activa un proceso democrático que demanda un cruce creativo de premisas complejas e interdependientes. La primera lucha en Cuba es por el auto-reconocimiento de personas aplastadas por más de 50 años, cuya mayoría no ha conocido la libertad. De modo que la lucha democrática se ha transformado en un debate por las libertades de tipo sicológico que fortalecen esta necesidad primaria de auto-reconocimiento. La explosión de los blogs favorece esta tendencia, pero no precisa ni necesariamente la democracia. Trabaja más a favor de la dispersión de las ideas y mensajes que del trabajo en equipo como garante del capital social que requiere la construcción democrática.

Una cosa es usar los medios para la democracia, y otra es considerar el uso individualmente masivo de los medios como democracia. Esto último expresa la libertad pero no el poder institucionalizado de las mayorías, ni la protección de las minorías. 

Este reacomodo se produce además porque se reduce la brecha digital entre la dictadura y la sociedad civil. Esta gozó de una ventaja de partida producida por la lenta reacción del leviatán totalitario ante el fenómeno de la tecnología. Una lentitud consustancial al totalitarismo en todo tiempo y lugar. Pero una vez que el Estado cubano reaccionó, se encuentra en capacidad de adaptarse y hacer uso también de las mismas herramientas que se suponen emancipadoras, y para fines contrarios. Puede, además, desconectarnos porque al final es quien controla el switch central de la comunicación en redes.  
De modo que la ventaja de las redes sociales se reduce a la misma que ya tenía el periodismo independiente antes de la entrada de Internet: la credibilidad del mensaje, ahora exponencialmente proyectado, una vez que se neutraliza el medio como mensaje en sí mismo. 

De tal manera considero que las redes sociales tendrán un papel crucial en la consolidación de un nuevo peldaño y una nueva cualidad democrática, una vez y solo cuando la democracia llegue también por otros medios políticos y pacíficos. Las redes sociales pueden servir a estos; lo que no parece posible es que ellas puedan prescindir del escenario, sentido y herramientas de la política necesarios para llegar a la democracia.

Del periodismo y los periódicos / Carlos Alberto Montaner

¿De qué sirve un periódico? La interrogante puede dar lugar a las más variadas respuestas. Desde ponderadas justificaciones filosóficas hasta obvias trivialidades, pasando, claro, por razones de higiene tan modestas como urgentes. Lo interesante de esta multiplicidad de respuestas es que todas ellas son ciertas. Un periódico es —o “sirve para”, da lo mismo— lo que quiera su lector. A primera vista la observación puede resultar una perogrullada. Veamos cómo no lo es.

Los periódicos son algo así como actas diarias del acontecer. En ellos se anotan y comentan los hechos más sobresalientes y se analizan algunas generalidades en los artículos de fondo. Cada diario, de acuerdo con la particular visión que sustenta, arrimará la brasa a su sardina. Si es de izquierdas, dirá que el diplomático secuestrado fue “ajusticiado”, si es de centro, afirmará que lo “ejecutaron”, si de derechas, clamará contra el “asesinato”. También los muertos son del color del cristal con que se miren.

¿En qué quedamos? —se preguntará el lector—. ¿Son los periódicos lo que quiera el que los obtiene, o son lo que le da la gana a la camarilla que los confecciona? Sin duda alguna, lo primero. Lo segundo es la coartada de los tiranos para silenciar la oposición.

La prensa es más un reflejo de sectores de la opinión pública que su fabricante. Es una consecuencia y no una causa. Esto lo escribo no sin cierto rencor, pues como “articulista de fondo” —un señor absurdo que dice vaguedades— preferiría que mis trabajos hicieran adeptos, transformaran a los lectores y depositaran ideas, como gusanillos laboriosos, en sus conciencias. Pero estoy melancólicamente seguro de no haber convencido nunca a nadie, de nada. A los diarios se va a buscar coincidencia. El lector —vanidoso implacable— encontrará “excelente” el artículo que coincida con su criterio y “pésimo” —o “malévolo” o hasta “canallesco”— el que discrepe. De ahí que se suscriba al órgano que más fielmente interprete su modo de pensar.

O sea, el argumento —tan caro a las dictaduras —de que el pequeño—grupito—no—representa—la—opinión—pública—, primera providencia para enviar al censor o al esbirro, es una malvada distorsión de la realidad. Si el “pequeño grupito” no representara realmente a un sector sustancial de la opinión pública, el órgano hubiera desaparecido por consunción. No habría lectores, ni anunciantes, ni recursos. Y si la prensa —de derecha, de izquierda o de centro— cuenta con miles de lectores, es porque miles de lectores ven su pensamiento reflejado.

En una sociedad multitudinaria y compleja —no podía ser de otro modo— se delega el derecho a expresar libremente las ideas, como se delega en los legisladores la facultad de hacer las leyes. No todos los izquierdistas opinan en los periódicos de ese signo, pero puede tomarse el pulso a la tendencia leyendo a sus voceros. No sería legítimo prohibir la aparición de periódicos izquierdistas con el pretexto de que una docena de hombres se abrogan la representación de las masas. Solo que el mismo argumento también es válido con relación al centro o a la derecha.

La prensa es realmente el Cuarto Poder, pero a diferencia del ejecutivo, el legislativo o el judicial —poderes que se compulsan cada cierto número de años— su legalidad emana de un laborioso plebiscito diario, y su representatividad del número de coincidencias que suscite. Ese Cuarto Poder —”Poder Fiscal” debió llamarle Montesquieu si hubiera previsto su labor— es el más ancho y hondo recipiente de esa abstracción que genéricamente llaman “libertad”.

De ese Cuarto Poder —de la prensa— depende que un sector de la ciudadanía pueda postular su libérrima interpretación de la realidad cotidiana. Esa, no hay dudas, es la más trascendente y humana de las libertades. La que más nos aleja de las bestias.

El lenguaje de la prensa americana


Hace unos años, en una crónica a propósito de nuestra anemia creativa —en Latinoamérica, claro— escribí que en “doscientos años nuestros pensadores no habían parido una idea original”. En un periódico nicaragüense apareció que los pensadores “no habían tenido...”; en otro de México “que no habían dado a luz”, en uno famoso, colombiano, que “no habían alumbrado”. El caso es que lo de parido les sonaba mal, y lo sustituían por una perífrasis más o menos horrorosa. Porque eso de “dar a luz” es una de las cursilerías más grandes del idioma. Y el idioma del periodismo, lamentablemente, está lleno de bobadas, de alambicamientos, de palabras con pantuflas para no asustar a las viejitas decorosas.

Todo eso es deprimente. El mensaje pierde vigor, el texto se aflauta, suena como un pito ñoño, y acaba por confundir al lector que a derechas no sabe dónde termina la elegancia y comienza la tontería. Eso debe terminarse. Entre las revoluciones pendientes en América, hay una inaplazable que debe realizarse en las redacciones de periódicos y revistas. No es posible que la cinematografía ande por “El último tango” y el periodismo por Rubén Darío. Nunca se le retorció el cuello al cisne, como solicitaba González Martínez. Hay que acogotar al pajarraco de una dichosa vez. Perseguirlo, matarlo a escobazos y luego destriparlo. El español se acicaló demasiado con el Neoclasicismo, se enredó con el Romanticismo y se graduó de idiota con el Modernismo. Confesémoslo: Rodó era muy cursi. Rubén y sus cisnes, genialmente detestables. En esto del idioma conviene ser radical. Ser radical es ser fiel a las raíces, y las raíces de la lengua están en la prosa picaresca de Quevedo y en las coplas descaradas de Mingo Revulgo. En el idioma de pan, pan y vino vino con que Cela escribió sus novelas. No creo que el periodismo debe ser un oficio de carretoneros, pero tampoco de madres ursulinas.

En inglés, hace tiempo que le retorcieron el cuello al cisne victoriano. La revista Time, el New York Times o hasta el solemne Christian Science Monitor no rehúyen la palabrota cuando ésta viene al caso. Ni la sustituyen por puntos suspensivos, práctica arrogante que consiste en suponer que todos los lectores son malhablados y pueden dibujar en sus sucias cabecitas las letras escandalosas que el casto periódico no se atreve a imprimir. El lector de habla inglesa —de un tiempo a esta parte— nunca es abandonado en presencia de un “taco". La prensa es su cómplice hasta el final. Así no hay sonrojo. Como no lo hay viendo el espectáculo “Hair” o comiendo en un restaurant “top-less”. Esto es mucho más honesto.

Claro que todo tiene su explicación. Estados Unidos es una sociedad abierta en la que el pueblo participa de la elaboración de la cultura a través de sus anchísimos niveles medios. La cultura se aplebeya y el periodismo es parte principalísima de esa cultura. Nuestra lengua literaria, una de cuyas vertientes es el periodismo, refleja, en cambio, los valores de una burguesía infinitamente más escasa. Solo que sería terrible esperar a que cambie la estructura social para que se modifiquen los hábitos lingüísticos. No hay tiempo que perder: a encasquetarse el gorro frigio, prenderse la escarapela, y salir, guillotina en mano, a alborotar la prosa periodística. No hay derecho a las perífrasis pudibundas. Si nuestros pensadores no han parido una idea que valga la pena, ¡por Dios!, no escribamos que no han dado a luz. Incidentalmente: si no la han parido será porque nuestras universidades —nuestras indigentes universidades— no han sabido preñarlos.

Nota: Espero que el señor editor no escriba “estimularlos”.
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Nota de la redacción: Una primera versión de este artículo apareció en el libro De la literatura considerada como una forma de urticaria, publicado en España en 1980.

Anatomía de un intento de asesinato de mi reputación / Carlos Alberto Montaner

Ignoro si Anna Cherubini existe, o si es el nombre real o el pseudónimo de una comunista italiana que escribe al dictado de los servicios cubanos de inteligencia. Da igual. Lo importante no es la persona, sino lo que ha escrito. Es una muestra perfecta para explicar cómo funcionan las llamadas “medidas activas” contra los demócratas de la oposición desarrolladas por el Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba dirigido por el coronel Rolando Alfonso Borges, versión caribeña de Joseph Goebbels.

El 17 de agosto pasado, en las páginas de TellusFolio, un exitoso site italiano, con motivo de la presentación en Italia de la traducción de mi libro La mujer del coronel, publicado por Edizioni Anordest, una persona que firma como Anna Cherubini me pide que responda un cuestionario  (Le domande da fare a Montaner).

En realidad no se trataba de una legítima entrevista, sino de lo que los abogados llaman, en español, un intento de “asesinato de la reputación” y en inglés “character assassination”. No obstante, voy a responder extensamente el cuestionario y, al mismo tiempo, me gustaría que la señora Cherubini, o quienquiera que se esconda tras ese nombre, responda, a su vez, las preguntas que deseo hacerle.

En todo caso, para entender en qué consiste esta medida activa desarrollada por los servicios de inteligencia, muy utilizada por la Unión Soviética y sus satélites cuando existía el comunismo en Europa (no hay que olvidar que el gobierno de los Castro, y en especial el Ministerio del Interior, fueron modelados por el KGB y la Stasi en la década de los sesenta), a continuación sigue una definición escrita por el Dr. Juan Antonio Blanco, profesor e historiador quien era, hasta hace una década, analista del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, y hoy vive exiliado y al frente de un departamento de estudios latinoamericanos en el sur de la Florida. Dice JAB en la segunda edición del libro El otro paredón:

Asesinato de la reputación

“El asesinato de reputación (character assassination) es un proceso deliberado y sostenido dirigido a destruir la credibilidad y reputación de una persona, institución, grupo social o nación.

Los promotores del asesinato de reputaciones para lograr sus fines emplean una combinación de métodos abiertos y encubiertos como son la formulación de acusaciones falsas, fomento de rumores y la manipulación de informaciones.

El asesinato de reputación persigue la finalidad de anular la capacidad de influencia de la víctima, silenciar su voz y lograr su rechazo por la sociedad. Al transformar a sus víctimas en no-personas las hacen vulnerables a abusos aun mas graves como pueden ser la agresión física, el encarcelamiento, la expropiación de bienes, el destierro, asesinato e incluso genocidio de todo el grupo social al que pertenecen.

La propaganda nazi anti semita y el Holocausto que le siguió son el ejemplo más extremo de los peligros asociados con las campañas estatales de asesinato de la reputación. Cuando un gobierno se vale de ese recurso para justificar agresiones y abusos contra sus víctimas puede considerarse a esas campañas como una forma de terrorismo estatal. Por lo general, las masacres, crímenes de lesa humanidad y genocidios son precedidos por una campaña de este corte.

En el siglo XXI, con el arribo de las Web2.0 y las redes sociales virtuales, la diseminación de falsedades se realiza de modo mucho más rápido y efectivo. Los prejuicios sociales sembrados contra la víctima terminan por arraigarse gradualmente en la memoria social colectiva y las personas –en especial las nuevas generaciones– los aceptan como la historia verdadera o la biografía real.

Con el paso del tiempo, las percepciones falsas que fueron deliberadamente fabricadas y difundidas por diversos medios de comunicación, pueden ser incluso incorporadas a los sistemas de educación, y se convierten en parte de la historia oficial que se acepta socialmente y resultan entonces difíciles de revertir”.

Dice la señora Cherubini en Le domande da fare a Montaner (todas sus palabras irán en negritas):

Ya han pasado unos días desde que Gordiano Lupi moderó, el pasado viernes, en el marco incomparable de las islas Tremiti, la presentación de un libro de Carlos Alberto Montaner Suris. No pude asistir a este interesante evento, así que encomiendo a continuación a TellusFolio las preguntas que quería hacerle al señor Montaner.

1) ¿Cree usted que es éticamente aceptable que alguien que dice ser periodista reciba pagos regulares del gobierno de EE.UU. a través de la Oficina de Transmisiones a Cuba, para producir noticias negativas contra Cuba, como se descubrió en 2006?
Este escándalo llevó a la destitución de tres periodistas del diario The Miami Herald (Pablo Alfonso, Olga Connor, Wilfredo Cancio Isla) y se han puesto al descubierto las conexiones entre la administración de EE.UU. y los periodistas en el sur de Florida, incluyendo  a Montaner, destinatario de miles dólares.

El Nuevo Herald y The Miami Herald jamás me han pagado por publicar noticias negativas sobre Cuba. Son dos publicaciones serias y objetivas. Yo no hago esa clase de periodismo sectario, semejante al de Granma, que es el órgano de un partido político. Los dos diarios, en inglés y español, como muchos periódicos del mundo, compran y me pagan mi columna semanal.

Radio Martí es, como sucedía con Radio Free Europe, una emisora financiada por la sociedad norteamericana para burlar la censura totalitaria de los Castro. Es una reliquia de la Guerra fría, sencillamente porque el gobierno de los Castro es una reliquia de la Guerra fría. Esa entidad, como todos los medios en donde aparecen mis escritos, había contratado mi columna para que la leyera semanalmente. La columna podía ser sobre Cuba, la Unión Europea o sobre cualquier cosa, porque escribo a propósito de múltiples temas, y por esos artículos pagaban el mínimo que autorizan las normas (cien dólares). La razón por la que ellos me ofrecieron ese espacio para reproducir mis columnas, y por la que yo acepté pese a la ridícula remuneración que pagaban, era porque Cuba, mi país, es el único de América Latina en el que no aparecen mis columnas debido a la censura estalinista que allí impera. Era la única forma de compartir mis puntos de vista con mis compatriotas.

Tampoco es verdad que los periodistas de The Miami Herald que colaboraban con Radio Martí –como los que en Europa trabajan en otros medios y esporádicamente colaboran con la BBC o con Radio Exterior de España, ambos medios pagados con fondos públicos— resultaran expulsados del periódico. Quienes salieron del diario fueron el presidente de The Miami Herald, Jesús Díaz, como consecuencia del absurdo reportaje publicado, y el periodista autor de la información, Oscar Corral, este último por un penoso delito de carácter sexual en el que incurrió poco después.

Olga Connor continúa escribiendo en el periódico semanalmente. Pablo Alfonso y Wilfredo Cancio fueron readmitidos cuando se comprobó la injusticia que habían cometido con ellos, y luego decidieron marcharse. A mí, muy cordialmente, me llamó Humberto Castelló, el director de El Nuevo Herald, para ofrecerme excusas y jamás dejaron de publicar mis columnas.

Radio Martí, por cierto, está obligado por la ley a mantener los mismos altos estándares informativos de La Voz de América, entidad que controla sus emisiones. En esos micrófonos no se puede mentir ni difamar, como hacen Granma y los otros voceros del régimen. Por eso, una parte sustancial del pueblo cubano escucha Radio Martí con la misma avidez que en época del Telón de Acero los pueblos sojuzgados por el comunismo escuchaban Radio Free Europe.

2) ¿Cómo se justifican los contactos con el terrorista Juan Felipe de la Cruz, en julio de 1973 en Madrid?
Juan Felipe de la Cruz, autor del atentado realizado en Montreal en 1972 contra el diplomático cubano Sergio Pérez Castillo, murió en el Avrain hotel, cerca de París, víctima de la bomba que se prepara para golpear la Embajada de Cuba, pocos días después de la reunión en España con Montaner, quien le dio un coche de alquiler, según lo confirmado por Orlando Bosch en su libro Los años que he vivido.

Yo no tengo absolutamente nada que ver con esos hechos. El Dr. Orlando Bosch, en su libro dice lo siguiente: "Acción Cubana recibió de su gente en Cuba informes confidenciales sobre la visita de un alto funcionario castrista a Francia. Se planeó un atentado. La misión fue encomendada a Juan Felipe de la Cruz, quien voló a Madrid y se trasladó a París en auto alquilado que le propició, sin conocimiento de causa, Carlos Alberto Montaner”.

¿Qué fue lo que realmente ocurrió? Algo que sucedía con alguna frecuencia. Muchos cubanos de Miami, como yo tenía cierta popularidad entre los exiliados, vivía en España y mi teléfono estaba en la guía, cuando viajaban a Madrid llamaban para pedir informaciones de cualquier tipo (hoteles, pensiones baratas, restaurantes, médicos, y hasta colegios para sus hijos). Pues bien, hace 40 años, creo recordar, alguien, presumiblemente el señor Felipe de la Cruz, invocando el nombre de un periodista amigo, llamó a mi oficina de Madrid para preguntar qué agencia alquilaba coches a buen precio. Como era habitual, lo atendí cortésmente y le pasé la llamada a mi secretaria, quien le dio los nombres y teléfonos de tres agencias, como solía hacer. Eso fue todo. Por ello el Dr. Bosch aclara que, el alquiler del auto lo “propició, sin conocimiento de causa, Carlos Alberto Montaner”. No tenía la menor idea de nada.

Dejémoslo claro: me repugna profundamente el terrorismo. Me parecía abominable cuando lo practicaba abundante y cruelmente el Movimiento 26 de Julio, la organización creada por Fidel Castro durante la lucha contra la dictadura de Batista (hubo noches en las que hicieron estallar cien bombas en La Habana), y me siguió repugnando cuando la oposición, en los primeros tiempos de la dictadura comunista, integrada casi toda por personas que procedían de la revolución, recurrió a ese método de lucha.

También, por supuesto, y en mayor medida, me resulta aún más injustificable el terrorismo de Estado practicado por el gobierno de Castro, cuando adiestra, ayuda y alienta a terroristas como el venezolano Carlos Ilich Ramírez, El Chacal, formado en Cuba y preso en Francia por numerosos crímenes, así como en el pasado hizo con los tupamaros uruguayos, los montoneros argentinos y los etarras españoles. Si es condenable que existan organizaciones terroristas, más lo es que existan gobiernos terroristas, como sucede con el de los Castro, que así figura en la lista que compila anualmente el Departamento de Estado norteamericano.  

Si a la señora Anna Cherubini le interesan los vínculos de Bosch con otras personas que practican el terrorismo, no debe señalarme a mí, sino a Fidel Castro. Además, debe tener en cuenta la afectuosa relación que existió entre Bosch y Fidel Castro desde fines de los años cuarenta. Ambos fueron amigos y ambos militaron en la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR) que dirigía Emilio Tro. Por eso, Orlando Bosch, cuando triunfó la revolución en 1959, se convirtió en el coordinador del Movimiento 26 de Julio en la provincia de Las Villas y Fidel le ofreció el cargo de Ministro de Salubridad, distinción que no aceptó porque era, realmente, anticomunista.

De paso, como veo que tiene interés en los hechos de sangre originados en las riñas políticas cubanas, la señora Cherubini debe averiguar y contarles a los lectores italianos por qué en la época en que Fidel y Bosch eran amigos y militaban en la UIR, Castro trató de matar al estudiante Leonel Gómez (lo hirió por la espalda) el 12 de diciembre de 1946. Y por qué asesinó al sargento de la guardia universitaria Oscar Fernández Caral el 4 de Julio de 1948, si éste no mentía al acusarle de dispararle, poco antes de fallecer. Asímismo, podía aclarar, de una vez por todas, la responsabilidad de aquel joven Fidel Castro en el asesinato del líder estudiantil Manolo Castro (no estaban relacionados) el 22 de febrero de 1948, entonces acusado de ser el autor intelectual del crimen.

Sin embargo, como italiana que es, o dice ser, o se supone que sea, si de verdad está interesada en el terrorismo y la violencia revolucionarias, acaso le interesa explorar las relaciones entre el aparato subversivo cubano y las Brigadas Rojas, y, sobre todo, el Gruppi di Azione Partigiana fundado por Giangiacomo Feltrinelli, un millonario comunista totalmente deslumbrado por la figura de Fidel Castro, como me contó el periodista italiano Valerio Riva, quien viajó a La Habana en los primeros tiempos de la revolución junto a Feltrinelli.

3) ¿Cómo responde usted a quienes dicen que estaba al tanto de la preparación del asesinato del rector de la Universidad Centroamericana, el jesuita Ignacio Ellacuría, que tuvo lugar en noviembre de 1989 en Salvador? ¿Y cómo se explica el hecho de que, justo una semana antes, en el curso de un programa de Mercedes Mila, amenazó Ignacio Ellacuría?
En noviembre de 2009, el diario español El Mundo informó que, de acuerdo a los documentos desclasificados de inteligencia de EE.UU. y la CIA y el CESID (servicio secreto español), sabían que el sacerdote salvadoreño Ignacio Ellacurrìa y cinco de sus compañeros serían asesinados por escuadrones de la muerte del ejército salvadoreño.

Solamente la mala fe y la voluntad de difamar pueden llevar a Anna Cherubini –o sea, a los servicios secretos cubanos—a repetir una infamia que ya he desmentido con pruebas que están al alcance de cualquiera que busque en YouTube por internet.

Mi debate con el jesuita Ignacio Ellacuría en el programa de Mercedes Milá ocurrió cinco años antes del monstruoso asesinato de éste y otros sacerdotes y colaboradores. Y fue un debate intenso, pero respetuoso, como correspondía a dos personas decentes. Por supuesto que no existió por ninguna de las dos partes la menor amenaza. Fue un simple intercambio vigoroso de ideas.

Es interesante analizar cómo el aparato de difamación del gobierno cubano monta la mentira que ahora repite Anna Cherubini: 1) aparece una información en un diario español que dice que los servicios de inteligencia de ese país sabían que iban a matar a Ellacuría el 16 de noviembre de 1989. 2) Con el mayor descaro, mienten y afirman que una semana antes del asesinato, yo había discutido con el sacerdote en la television y lo había amenazado de muerte. El gobierno cubano oculta que el debate había sucedido cinco años antes, y que en él, por supuesto, no había existido ninguna amenaza. 3) Hacen la afirmación canallesca de que, como yo vivía en España, sabía que los militares salvadoreños iban a matarlo y por eso lo amenacé.

Con lo que no contaba el aparato de difamación castrista es que existía una copia del debate que se puede ver en YouTube o en mi www.elblogdemontaner.com No obstante, el gobierno de los Castro continúa repitiendo la mentira, como ahora ha hecho Anna Cherubini. 

4) ¿Cómo se definen las actividades dirigidas a bloquear las inversiones extranjeras en Cuba, como las visitas a las oficinas de las compañías extranjeras que operan en Cuba por los miembros de la PDC (Plataforma Democrática Cubana) y por el propio Montaner? ¿Es verdad que por ese tono amenazante Montaner fue expulsado de las oficinas de Tryp Hoteles? ¿Es cierto que Montaner y el PDC  amenazaron con elaborar el "Salón de la Vergüenza", una lista negra de las compañías extranjeras que operan en Cuba?

Jamás en mi vida he estado en las oficinas de Tryp Hoteles, así que es absolutamente falso que fui expulsado de ellas (ni siquiera sé dónde se encuentran). Por el contrario, hace unos años, unos ejecutivos de esa empresa, muy amablemente, me invitaron a cenar en Madrid para conocer mi opinión sobre estas inversiones de los hoteleros españoles o de cualquier nacionalidad en Cuba.

Tras escucharlos durante veinte minutos quejarse y burlarse de la realidad política cubana, les dije, y ahora reitero, que por dos razones fundamentales esas inversiones en hoteles pueden tener consecuencias penales, cuando se restablezca en Cuba la democracia.

La primera: las múltiples violaciones de las normas establecidas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), institución a la que pertenecen tanto España como Cuba. En esa Isla, el Estado, de común acuerdo con su socio inversor extranjero, les confisca a los trabajadores el 95% del salario mediante un cambio de moneda tramposo, y le prohíbe todos los derechos sindicales, comenzando por el de huelga. Eso constituye delito.

La segunda razón: la complicidad entre la gerencia extranjera de esos hoteles y las actividades ilegales de espionaje a que someten a muchos de los huéspedes. La cadena Tryp, Meliá y el resto de los empresarios hoteleros son cómplices en la colocación de cámaras de video y grabadoras de audio en las habitaciones, y saben que entre sus empleados hay policías dedicados a esos menesteres. Incluso aplicando la propia ley cubana actual, esas actividades son ilegales.

Téngase en cuenta que no se trata de empresarios que invierten en países controlados por dictadores, sino de empresarios que se asocian con la dictadura para ganar dinero sin importarles los derechos de los trabajadores o la intimidad de las personas que utilizan sus servicios. Si en Madrid o en Roma un hotel oculta micrófonos o cámaras en las habitaciones de los huéspedes, los responsables de ese delito pueden acabar en la cárcel y resultar severamente multados.

Lo que entonces les dije a los hoteleros de Tryp, en el tono cordial que suelo utilizar, porque me pidieron mi opinión, es que esa colaboración es profundamente inmoral, y les recordé lo que les sucedió en Alemania a empresas como Bayer, Krupp y Volkswagen por colaborar con la dictadura nazi: además de pedir perdón públicamente por lo que ahora llamaríamos “irresponsabilidad moral coorporativa”, hasta hace unos años estuvieron pagando altas multas por su comportamiento contrario a la ética.

5) ¿Está de acuerdo de haber apoyado, como admitió (... porque nos detuvieron casi en el momento en que planeábamos ayudar a las guerrillas campesinas de las montañas del Escambray... en HavanaJournal, 16 de agosto de 2005), el trabajo de las bandas terroristas que aterrorizaron a la Sierra del Escambray en los años 60 y que cometieron crímenes atroces como el del alfabetizador Manuel Ascunce Domenech?

1960. Situémonos en Cuba. Apenas ha pasado un año de la fuga de Batista y ya se ha constituido una dictadura comunista. La revolución, hecha para restaurar la libertad, ha sido traicionada por Fidel Castro. Todos los periódicos, medios de comunicación y escuelas privadas fueron confiscados por el gobierno en los primeros 18 meses. Sorpresivamente, Fidel entregaba la revolución a la Unión Soviética y calcaba esa manera siniestra de organizar la sociedad. La diversidad, incluso el homosexualismo, se convertía en un crimen. Cualquier crítica se pagaba con la cárcel. En ese momento, ya había unos 19.000 presos politicos en el país y no cesaban los fusilamientos.

Ante esa traición, numerosos revolucionarios que habían luchado contra Batista, vuelven a tomar las armas contra la nueva dictadura. En las montañas del Escambray, en el centro de la Isla, se produce una verdadera rebelión campesina dirigida por el comandante Plinio Prieto, el capitán Porfirio Remberto Ramírez, Presidente de los estudiantes de la Universidad de Santa Clara y el comandante Evelio Duque.

Todos son oficiales del ejército revolucionario que derrocó a Batista. Quieren y piden democracia. Han visto con horror cómo apresaron y condenaron a 20 años de cárcel al comandante Huber Matos, uno de los héroes de Sierra Maestra, por escribirle una carta privada a Fidel Castro denunciando la entronización del comunismo.

El ala democrática del primer gobierno de la revolución, tiene que huir del país o esconderse para volver a la lucha. El Dr. Manuel Urrutia, primer presidente de la revolución, debe buscar refugio en una embajada junto a toda su familia. Se sabe que hay poco tiempo para evitar que la dictadura de corte estalinista arraigue en el país. Todas las universidades se convierten en focos de conspiraciones contra la nueva tiranía.

Es en ese contexto en el que yo, a los 17 años, hace más de medio siglo, junto a un grupo de estudiantes, como hicimos miles de muchachos, nos integramos a la Resistencia, como hicieron los franceses o los italianos honorables y patriotas contra los nazis y los fascistas.

Fue en ese contexto en el que planeábamos ayudar a las guerrillas campesinas del Escambray para evitar la tiranía que se cernía sobre el país y rescatar la democracia negada por Castro pese a sus previas promesas.

Lamentablemente, los cuatro amigos (entre miles de estudiantes que conspiraban) fuimos apresados y condenados a largas penas. A uno de ellos, a Alfredo Carrión Obeso, lo asesinaron los guardias en la cárcel. Yo logré escaparme al poco tiempo de haber sido apresado.

No dudo que algún grupo guerrillero antitotalitario haya cometido excesos condenables, pero los fusilamientos en masa de los detenidos los cometía el gobierno. Como me contó un médico, oficial del ejército de Castro que luego desertó en España, mataban inmediatamente a los prisioneros de un tiro en la cabeza, para abrirles rápidamente el estómago y los intestinos con el objeto de averiguar cómo y de qué se alimentaban.

En el Escambray, en efecto, hubo crímenes lamentables. De cada cien, noventa y nueve los cometió la dictadura. Esta historia ya le he contado en alguno de mis libros.

Estas son las preguntas que me gustaría hacerle al señor Montaner. Una vez dicho esto, me pregunto: ¿le compraría un coche usado a este hombre? ¡Un coche que no lo sé, pero no un libro!

Este final de la señora Cherubini sirve para demostrar, con sus palabras, para qué miente y difama, por qué y para qué intenta asesinar mi reputación: su propósito –que es el de la policía política cubana-- es intentar impedir que se publiquen o se lean mis libros o los escritos de cualquier demócratas de la oposición. A eso se dedican las dictaduras totalitarias: a censurar, a impedir que las personas se expresen libremente. En eso consiste el “asesinato de la reputación”. Afortunadamente, es inútil. Un día los pueblos derriban los muros.

Por último, en vista de que yo he respondido las preguntas de la señora Anna Cherubini –o de quien las haya formulado--, me gustaría que en justa reciprocidad me respondiera las mías. Son muy sencillas:

1.    ¿Por qué en Cuba, después de 53 años de dictadura de partido único, no se les pregunta a los cubanos, como proponía Oswaldo Payá, si quieren seguir con ese fallido sistema, o si prefieren un modelo de Estado multipartidista en donde haya diversas opciones, como existe en las 20 naciones más prósperas del planeta y, además, en toda América Latina?
2.    ¿Por qué los cubanos no pueden organizarse y reunirse libremente para defender las ideas y los intereses que comparten? ¿Por qué no pueden crear sindicatos que no dependan del Estado-patrón? ¿Por qué no pueden escribir y debatir sus ideas y propuestas con libertad?
3.    ¿Por qué los cubanos no pueden leer los libros y los diarios que desean, o escuchar las emisoras internacionales de radio que les plazca, o tener antenas parabólicas para ver televisión de otros países, o acceder libremente a internet? ¿No han bastado 53 años de adoctrinamiento y pensamiento único, infligidos a tres sucesivas generaciones de cubanos, para convencerlos de las bondades de un sistema que tiene que dedicarse a ocultar la realidad exterior como mecanismo de defensa?
4.    ¿Por qué los cubanos no pueden entrar y salir libremente de la Isla, sin necesidad de permisos? ¿Son esclavos o menores de edad?
5.    ¿Por qué se les niega a los cubanos la posibilidad de enriquecerse con el producto de su esfuerzo, como se autoriza a los extranjeros? ¿Por qué los cubanos talentosos, capaces de crear riqueza si los dejaran, no pueden aspirar a vivir con las comodidades con que viven, por ejemplo, Raúl Castro o Ramiro Valdés?

Si Anna Cherubini no desea o no puede responder estas preguntas, tal vez el coronel Rolando Alfonso Borges se anime a hacerlo. Al fin y al cabo, en su condición de Jefe Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba le corresponde no solo la tarea vil de intentar asesinar la reputación ajena. Entre sus funciones está defender la maltrecha reputación de la revolución. Aquí tiene una oportunidad de hacerlo.


El arte de las fugas / Alexis Romay

A millas y años luz de aquel instante, recuerdo la primera vez que escuché una frase que habría de marcar mi adolescencia y que, sin que me resultara obvio hasta hace un par de semanas, estaría presente también en mi vida de adulto. La máxima era atribuida al entonces General de Ejército —hoy heredero de la finca privada que es Cuba— y rezaba: “El deber de todo buen soldado es escaparse. Y el deber de todo buen oficial es atraparlo”. La sentencia me llegó de boca de un capitán de cuyo nombre no quiero acordarme. Y me la dijo una tarde en que me atraparon en el acto de buscar mi salida de emergencia. En aquel entonces, yo no era un soldado —nunca lo fui—, pero me trataban, de hecho, me entrenaban como tal. Esto ocurrió durante mi incursión —breve, pero indeleble— en la vida castrense: era un alumno más de la Escuela Militar “Camilo Cienfuegos” de Capdevila, preuniversitario riguroso donde los hubiera del que, por fin, me expulsarían en el duodécimo grado por “graves problemas disciplinarios”.

El motivo de mis constantes escapadas era la Escuela Vocacional “Vladimir Ilich Lenin”, un preuniversitario a una hora de mi escuela, o más, en dependencia del tiempo que tardáramos en conseguir un camión, guagua o chofer particular que tuviera la gentileza de adelantarnos un tramo del camino en aquellas carreteras nocturnas agraciadas con muy poca luz y muchos baches. Iba a la Lenin no por la cercanía, que era relativa, sino por la generosa proporción entre hembras y varones —cinco por uno—, lo que constituía el extremo opuesto de aquel cuartel militar en el que se me iba la vida entre gritos de “firmes” y “rompan filas”. Algunas estudiantes de la Vocacional Lenin tenían cierta vocación por el uniforme verde que vestíamos los “camilitos”. No sé si por caridad, mal gusto o para variar, pero lo cierto es que nos acogían con los brazos abiertos y hacían que valieran la pena y el esfuerzo nuestros meticulosos planes de fuga, que incluían calcular al detalle los horarios de los pases de lista y de las innecesarias e incontables formaciones en la plazoleta central, que evitáramos la pesada luz de los reflectores y cruzáramos, no siempre libres de arañazos, la cerca de alambre de púas que separaba a la jaula pequeña que era la escuela militar de la jaula grande que era el resto de la isla.

Los estudiantes de ambas escuelas estábamos confinados a nuestros respectivos recintos en la periferia habanera desde la noche del domingo hasta la tarde del viernes, cuando nos daban el pase para ir a casa a recordar como lucían los rostros de nuestras madres. En medio de aquel encierro continuo y sistemático, los camilitos nos fugábamos a La Lenin por amor... y otros efectos especiales. Perdonen el repentino salto a la primera persona del plural. La circunstancia lo pedía. Regreso a alimentar el ego.

En una escuela y un país en donde la delación era y, por desgracia, sigue siendo moneda de cambio, todavía me jacto de jamás haber delatado ni a propios ni a extraños. Esto viene a cuento pues en una ocasión estuve más de un mes castigado, sin pase, por no revelar la identidad del autor intelectual del pelotazo que rompió un ventanal del gimnasio. El noviazgo del balón de fútbol con la patada que lo condujo al futuro cristal roto fue considerado un acto de sabotaje a la institución revolucionaria, en tanto que destruyó la tranquilidad escolar y la propiedad del estado. Me amenazaron con la famosa “mancha en el expediente”; cuando ese recurso no funcionó, me trataron de reclutar a la Unión de Jóvenes Comunistas —por aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él”—, pero en ambas ocasiones, ay, este hombre dijo “no” y siguió callando. (“Menudo heroísmo”, pienso ahora, pero el diablo siempre ha vivido en los detalles). ¿Y qué hice durante esos fines de semana encerrado en mi escuela-cárcel? Pues fugarme para caer por los siempre gratos aquelarres que organizaban mis amigos de La Lenin. Entonces, en medio de los rones y el jolgorio, recordaba la frase jactanciosa del capitán y la subvertía: el deber de un buen soldado es escaparse y que no lo atrapen.

Cuando el cúmulo de indisciplinas —fugas incluidas— fue tal que la situación pedía a gritos un escarmiento público, a la jefatura de la escuela no le quedó más remedio que expulsarme de sus gloriosas filas. Fui a parar a los Camilitos del Cotorro, institución que se dignó a acogerme, cumpliendo su papel de vertedero a donde íbamos a dar todos los indeseados de las otras tres escuelas militares de La Habana. Y entonces aquello fue coser y cantar. El gardeo a presión al que me tenían acostumbrado en Capdevila brillaba por su ausencia en el Cotorro, de modo que pasé el resto del curso perfeccionando las mil y una maneras de escurrirme por el hueco de una aguja. Aun así, al final del curso, en un acto público, los jerarcas de la escuela me retiraron el derecho a asistir al acto de graduación, declarándome una “vergüenza al uniforme militar”, dictamen que sigue estando en el hit parade de mis cumplidos. Un poco por llevarles la contraria y un poco por cerrar aquel capítulo bailando, esa noche me colé en aquella fiesta que también era mía; lo que, si se mira bien, constituye una fuga a la inversa, pues crucé también una cerca (en ese caso, de un club de recreo para militares); la diferencia radica en que en esa ocasión lo hacía para entrar.

Nada pudo prepararme mejor para casi tres lustros de exilio sin pasaje de regreso que esos tres años envuelto en aquel odioso uniforme verde olivo, periodo en el que aprendí a ser y a estar lejos de mi familia. Nada me pudo preparar mejor para mi gran fuga del país que aquellas escapadas juveniles durante mi etapa de estudiante de una escuela militar. De tal suerte –y vaya suerte—, años más tarde tendría la oportunidad de poner en práctica lo ejercitado en los tiempos en que seguía los pasos de Papillón y aprendía a calcular el vaivén de la séptima ola.

En un breve ensayo, mi amigo Enrique del Risco plantea un argumento irrefutable: “de las dictaduras de verdad, uno se va solo una vez”. Sin embargo, tres fueron las veces que salí de Cuba y las tres siguiendo el mismo método, que no expongo aquí por si todavía no ha caducado; pero que, en esencia, consistía en jugarle cabeza a la maquinaria tan represiva como burocrática que se encarga de controlar la entrada y salida de los cubanos a la isla que los vio envilecer. La tercera de mis fugas, que a la larga fue la vencida, se asemejaba a las de mis años mozos en que también venía al encuentro de un vestido y un amor. Y al igual que en mis días de estudiante, tuve que sortear a mis cancerberos para llegar a su encuentro.

Al arribar a Estados Unidos, ya sin necesidad de seguirme fugando del sitio en que tan bien estaba, trasladé mi obsesión con las evasiones al mundo de las letras y me lancé a escribir mi primera novela, Salidas de emergencia, que narra las disímiles maneras en que un puñado de compatriotas intenta escapar de circunstancias extremas y, en ocasiones, de la propia isla en peso. En mi segunda novela, la fuga es un elemento clave y constante. No me quedó más remedio: escribir sobre la Cuba contemporánea sin mencionar el ansia de huir del suelo patrio que desde hace décadas corroe tanto a las generaciones más jóvenes como a los entrados en años sería como pedirle a un animal que vive en cautiverio que describiera su vida diaria sin mencionar los barrotes, al margen de la ubicuidad de los mismos.

Siempre que me preguntan que cuándo me fui de Cuba, respondo automáticamente que irse de Cuba no es posible para los cubanos, del mismo modo que no era posible para los esclavos irse de los barracones. De un país que te impide la salida no te vas, te fugas. Como leo este texto en Nueva York, ante un público en el que todos los cubanos son, quieran reconocerlo o no, por edicto real, fugitivos, admito que aunque quizá original, nada tiene de extraordinaria mi odisea privada. Solo quería dejar constancia escrita y poner en letra de molde lo verdaderamente indisputable: entre otras tantas cosas, la historia de la segunda mitad del siglo XX cubano ha sido también un tratado, un compendio, un exquisito manual sobre el arte de las fugas.


Nueva Jersey, 8 de junio de 2012

Manuel Cuesta Morúa disecciona la realidad cubana

Manuel Cuesta Morúa, portavoz del partido Arco Progresista (socialdemócrata) y coordinador del proyecto Nuevo País, es uno de los opositores más visibles y de más largo recorrido en Cuba. También es historiador y un brillante ensayista. En esta entrevista respondió a preguntas relacionadas con la realidad sociopolítica vigente ahora mismo en la Isla.

Blogger Cubano. La jerarquía de la Iglesia Católica cubana ha asumido públicamente su protagonismo en un inédito acercamiento al régimen, llegando a intermediar en el proceso de excarcelación y destierro de los presos de la Primavera Negra, con el acompañamiento del anterior gobierno español, además de interceder para que se ponga fin a las agresiones contra las Damas de Blanco. ¿Cuál es su consideración acerca del rol que está desempeñando la Iglesia Católica en el actual contexto cubano?

Manuel Cuesta Morúa. Ha sido un rol humanitariamente importante pero estratégicamente mediocre, incluso para ella misma. El término intermediar me parece acertado. La iglesia no ha sido mediadora por la sola razón de que mediar requiere el reconocimiento público de las partes  ―una exigencia técnica de cualquier mediación―,  y hasta ahora la iglesia, ninguna por cierto, lo ha hecho.
El trato con las Damas de Blanco es paradigmático para el análisis de su capacidad mediadora y su capacidad política. La iglesia no ha reconocido a las Damas como actoras críticas, sino como víctimas visibles. Por eso si bien logró detener por un lapso de tiempo los actos de repudio contra ellas ―en un momento que necesitaba cristalizar su intermediación pública― y dentro de un espacio circunscrito, los alrededores de la iglesia Santa Rita, nunca alcanzó la meta estratégica básica: que el régimen desactivara la violencia social como modo de control político: y eso que se trataba y se trata de mujeres: un sujeto cultural,  socialmente sensible, que permitía elevar la reclamación circunstancial a una demanda de orden estratégico. Lo mismo sucedió con los prisioneros que fueron a España. Para mí no se trata del destino sino del status. Si ellos fueron a España imagino que así lo quisieron. Pero lo importante consistía en aprovechar una intermediación humanitaria para introducir una agenda de derechos humanos. Es decir, convertir un clamor humanitario en un alcance social que evitara lo que está sucediendo ahora mismo: que la represión política sigue victimizando a los sujetos sociales que la Iglesia se niega a reconocer, y que esos mismos ex prisioneros políticos sufran palizas en España como si fueran unos delincuentes.
Y no solo la iglesia no reconoce a las víctimas como sujetos, sino que le ha dado por criminalizarlos y estupidizarlos.  Ella se dispara así a los pies. En vez de utilizar la crisis global del país, que es lo que atraviesa Cuba en estos momentos, para legitimar y relegitimarse en la dimensión moral del conflicto, se le ocurre hacerlo vehiculando una estrategia política, si así se le puede llamar a lo que hace, para la que no está preparada ni legitimada en términos de construcción moderna del Estado: que exige la efectiva separación entre Iglesia y Estado.
La dimensión moral a la que me refiero es básica para el presente y el futuro. En eso la iglesia debería primar dejando claro lo que no pueden hacer los Césares con los “hijos” de Dios. A fin de cuenta los Césares pueden cambiar y no todos saben ser cínicos. Pero ella prefiere reinstalarse en el cinismo doctrinal de Bartolomé de las Casas: no machuquen a los indios, que no están preparados para la esclavitud, traigan a los negros que son más fuertes, y evangelícenlos. Traducido a la actualidad esa misma iglesia nos viene a decir que no encarcelen a los de abajo por lo que piensan, déjenlos ir, si así lo desean, pero en ningún caso lo reconozcan como sujetos sociales: como ayer con los indios y los negros, la cosa es entre tú y yo: los únicos sujetos de poder social.  Debo decir, o asumir responsablemente, que no toda (s) la (s) iglesia (s) piensa (n) y actúa (n) de tal manera, pero entiendo que nos referimos al proceso públicamente visible, que es el que determina e indica qué ocurre en el proceso invisible de la política.
 
BC. ¿Qué posibilidades tiene una transición hacia el neocrastrismo en Cuba, algo por el estilo del modelo chino, en la que participen la jerarquía de la Iglesia Católica, un sector del empresariado cubanoamericano, determinados académicos e intelectuales y el gobierno de los Castro, excluyendo a la oposición? En un escenario así, ¿concibe que estos actores podrían ignorar exitosamente a la oposición interna y al exilio anticastrista?

MCM. Las posibilidades son nulas. Por varias razones. Lo primero es que no hay algo así como un modelo chino. Lo que existe es un modelo asiático que combina capitalismo con autoritarismo, una variante de éxito que se basa en un modelo cultural en el que el confucianismo, con su acento en la autoridad y la familia, no en la sociedad civil y en el individuo, provee las bases de cohesión y disciplina necesarias para reproducir una especie de capitalismo manchesteriano moderno: explotador, de bajos salarios, sin sindicatos y con un aderezo fundamental: el nacionalismo económico de fuerte movilidad social, sostenido en la meritocracia y dentro del cual cada quien escala económicamente hasta donde puede.
E importante, se trata de un capitalismo abierto que compite en la economía mundial. China es, por tanto, una variante imperial de lo que algunos han dado en llamar capitalismo confuciano. Este sí todo un modelo del que encontramos especificaciones singulares en Taiwán, Singapur, Corea del Sur, los llamados Tigres Asiáticos y otros. Recuerdo bien que este modelo, que adquiere mayor visibilidad con China porque esta juega a escala de potencia global, se intentó reproducir por allá por los 80 del siglo pasado en Centroamérica, sin ninguna posibilidad de éxito. Por lo demás, este modelo tiene  justamente sus días históricos contados porque está terminando exactamente en el punto de exigencias que se presentan desde el principio en Cuba: más libertades civiles y políticas. Esto quiere decir que si China pudo montarse con éxito en este modelo en una época posterior a su surgimiento, por allá por los finales del 60 del siglo pasado, fue porque tenía asegurada la base cultural necesaria para desarrollarlo.
Y quiere decir también que para países de otra órbita cultural era necesario copiar este modelo en el mismo momento de su nacimiento, desarrollo y apogeo para garantizar cierta posibilidad de triunfo en medio de exigencias civiles y demandas políticas que los inventores del modelo pudieron postergar. Es el caso de Chile, cuyo capitalismo autoritario tuvo amplias posibilidades, a pesar de las presiones en su contra, porque fue, entre otras cosas, simultáneo con el proceso asiático. 
Empleo todo este largo desarrollo porque quiero destacar lo siguiente: si la comparación entre dos países resulta relativamente sencilla, ya es más difícil comparar un país con varios países. Y esto es lo que se desprende si situamos a China dentro de un modelo preexistente, y nos olvidamos de convertirla en un modelo en sí mismo. ¿Sigue Vietnam el modelo chino? Creo que no. Vietnam es otra variante del capitalismo confuciano del que vengo hablando. Parece que, como China, Vietnam y Cuba se reclaman dentro del mismo modelo político, es posible concluir que pueden seguir un mismo modelo de reinserción mundial. Nada más aparente.
Cuba pertenece a otro ámbito cultural. Y la cultura no se puede desestimar cuando se trata de analizar y orientar el proceso económico. Sobre nosotros hay, con buena fortuna y desde el mismo punto de partida, exigencias civiles y políticas que el capitalismo confuciano pudo sortear culturalmente por cierto tiempo. Y el mejor ejemplo aquí no proviene siquiera de la sociedad civil misma. Lo que está haciendo el gobierno en relación con la comunidad LGBT a través de una de sus funcionarias indica la importancia del contexto según la órbita cultural de que se trate. 
Si Cuba va a seguir con éxito lo que inapropiadamente llaman modelo chino, significa que va a restaurar el capitalismo donde China se reinventó como sociedad capitalista. Es por eso que si esta se ha abierto económicamente hasta sus últimas consecuencias, tanto interna como externamente, el gobierno cubano no se atreve a jugar de verdad al capitalismo. En su experimentación no pasa de ese mercantilismo que ya han o van abandonando todas las economías latinoamericanas.
¿Tendrá éxito este experimento? Todos los que enfocan a Cuba seriamente saben que no. Curiosamente este capitalismo mercantil, para el que la renta y el dinero mercantil son lo fundamental, es el experimento que crea la ilusión de que, en otro ámbito, la iglesia católica puede completar política y cívicamente un modelo de transición acorde con la “transición económica” que venimos experimentando. Parece y solo parece que a una “actualización económica” cautiva  corresponde una actualización cívico-política, también cautiva.  Y las dificultades que enfrenta la “transición económica” son las mismas dificultades de la transición neocastrista, como le llaman ustedes, no sin fundamento.
Porque ninguna de las dos tiene suelo sociológico y cultural en Cuba. Si la experimentación con las llamadas “reformas raulistas” deja a un lado todo el capital de conocimientos y habilidades acumulado por los cubanos  ―que serviría muy bien para desarrollar una economía de servicios basada en el conocimiento, y de punta―;  la inclusión de la iglesia como factor cívico-político deja de lado algo más fundamental: el capital cultural que por un lado ha venido atesorando Cuba como sociedad laica y posmoderna y por otro, el capital cultural de una nación fundacionalmente plural.  Y la pregunta sería si dejar de lado ambas cosas puede llevar una empresa a las playas del éxito. El neocastrismo no tiene futuro exactamente porque es una empresa diseñada contra la sociedad, no con la sociedad, como sucede con el capitalismo confuciano. ¿Cómo dejar de lado ambos tipos de capitales? La cuestión es saber si un capitalismo autoritario no revela de pronto las reminiscencias batistianas que moral e históricamente desmoralizan todo el imaginario castrista.
No se debe perder de vista el siguiente dato: tanto el castrismo como el catolicismo son minorías sociológicas: la una basa su poder en la inercia política de lo que en algún momento constituyó una mayoría. La otra, en su condición universal, apoyada por los recursos de dos Estados: uno el cubano y el otro el Vaticano. Digamos que el poder de esta última en Cuba viene del poder del catolicismo mundial, en declive por demás, y no del poder real del catolicismo cubano en términos sociológicos, que son los que importan a la hora de darle suelo a un proyecto.
Por otra parte está el hecho de la proyección de futuro que requiere toda apuesta. Si el capitalismo tenía futuro no fue un asunto que demostraran sus apologistas más encendidos en los Estados Unidos, sino algo que hizo el capitalismo confuciano y su última versión china: lo que tiene de puntas a toda la izquierda radical, que no encuentra un modelo que oponer a los Estados Unidos y no les gusta hablar de China, como antes no les gustaba hablar de Suecia para mejor hablar de Cuba. ¿Y tiene este modelo neocastrista la misma proyección de futuro que el modelo confuciano? Creo que no.
Hay ahora mismo en Cuba un juego de relegitimación que está obligando a sus principales actores a hacer las cabriolas más inimaginables posibles pero con poca imaginación y menos densidad política. El gobierno busca una nueva legitimación quebrando sus consensos originales e intentando un nuevo liderazgo asentado en una meta negativa: la estabilidad autoritaria. La iglesia católica trata de relegitimarse no con la irrupción pública de su pedagogía de valores sino montando, ya no tan subrepticiamente, una agenda política que no le corresponde, con el fin de recolocarse en el mismo papel y lugar que tuvo el catolicismo en los orígenes fundacionales de la nación: para ella parece que entre 1782, año de creación del Seminario de San Carlos, y el 2012, no ha pasado nada sustancial. También, con la reanimación de un papel agotado por y para la iglesia desde el siglo XVII: el de tener un asiento en el trono de los Césares.  Y para ciertos empresarios cubanoamericanos la cuestión es más difícil. No son empresarios cubanoespañoles ni cubanovenezolanos. Se han formado en la nación que sirve de suelo físico a uno de los conflictos básicos de la nación cubana: la división de sus nacionales. No es un asunto estricto de economía sino de modelo de reconstrucción nacional lo que está en juego cuando se aventura a otorgar sus créditos a las “reformas raulistas”.
Ese modelo neocastrista no tiene posibilidades en Cuba. Parece que sí pero no cuenta con futuro porque tiene otra dificultad comúnmente compartida por todos los que lo animan: su falta de legitimidad social dentro de Cuba. Es una paradoja pero es así: los actores más dinámicos en estos momentos son los de menos futuro porque su lógica es de poder situacional,  no de conexión con la sociedad y con las pautas de la época. Su papel fundamental ha sido cumplido: el de demostrar que el pasado estaba cargado de errores. Mostrar el futuro no es tarea ni del comunismo ni del catolicismo ni de empresarios escindidos. 
No me imagino por tanto un escenario sin la sociedad civil y sin la oposición. Con independencia de sus debilidades. La razón es evidente: la única posibilidad de Cuba como nación y sociedad es la de parecerse a sus iguales contemporáneos en los que la modernidad se radicaliza, la pluralidad se redescubre como condición constitutiva incluso del pasado, en la que los ciudadanos claman por el autoreconocimiento y en la que la tecnología multiplica y posibilita los diversos mensajes de salvación. Nuestro futuro se acerca más al de una Cuba revisitada con las mejorías de una época hiper tecnológica y de unas sensibilidades sociales más maduras. ¿El fordismo, el Opus Dei y los caudillos como futuro? Visiten la Cuba profunda y obtendrán la mejor respuesta.   

BC. Se dice que en una eventual reforma migratoria el régimen continuaría impidiendo la salida y entrada al país de cubanos que disienten o se oponen al castrismo, como forma de control y chantaje. ¿Cuán lejos espera que llegue la reforma migratoria en Cuba en caso de ser implementada?

MCM. Ese parece ser el dilema que atrasa el anuncio de la cacareada reforma migratoria. El de cómo lidiar con los cubanos que disienten tanto dentro como fuera de Cuba. También el de enfrentarse a las consecuencias más indeseables de una sociedad abierta. Más allá del derecho a entrar y salir libremente, está en juego el modelo político diseñado para una sociedad cerrada. Una reforma migratoria convertiría a Cuba en una sociedad abierta automáticamente. Cuba tiene ahora mismo una doble condición: un país turístico y una sociedad de emigrantes. El flujo que se crearía en ambas direcciones, sin un control político-migratorio, amenaza las esclusas de control social y “contamina” demasiado las bases institucionales del modelo político. No espero por tanto que la reforma migratoria llegue más lejos de lo que ahora mismo está significando en los hechos: todo el que quiere salir y entrar solo tiene que dejar en los umbrales la libertad de expresión. Para mí la reforma migratoria solo se concretará en la eliminación de permisos de entrada y salida masivos y en su sustitución por permisos de entrada y salida personalizados en una lista negra para desafectos y en una lista cautiva de profesionales. Una vez eliminados aquellos, se transferirá la carga de costos para los ciudadanos hacia otros ítems. Costarán más el pasaporte y los trámites de aeropuerto, por ejemplo.

BC. Se ha sugerido que unas elecciones internas de la oposición en Cuba serían muy útiles para presentar una unión opositora con un líder representativo al frente, algo distinto a la dispersión que se observa hoy. Sucedió recientemente en Venezuela, donde las fuerzas de la oposición realizaron elecciones primarias y eligieron un candidato único contra Hugo Chávez en las próximas presidenciales. ¿Opina que en Cuba sería posible repetir ese esquema?

MCM. Probablemente este sea el caso porque es la necesidad. Pero hay una diferencia sustancial. Las elecciones internas dentro de la oposición venezolana corresponden a la posibilidad de elecciones generales en Venezuela. No es el caso de Cuba. Quiero decir con ello que los votantes en una y otra son los mismos: ciudadanos que libremente pueden expresar sus preferencias. En Cuba los ciudadanos no podrían elegir en votaciones internas de la oposición porque no pueden hacerlo en elecciones generales. Lo otro sería que los opositores se convirtieran en los electores de sí mismos y eso es un contrasentido. Es verdad que algún tipo de liderazgo consensuado es importante ahora mismo para Cuba, que fuera representativo de la madurez dentro de la oposición, lo que es difícil por el hecho de que esa madurez no existe y por el otro hecho de que no es medible ahora mismo cuál y cuánto es la representación social de la oposición misma. Y a mi modo de ver habría que evitar la confusión entre voz representativa y representación social; confusión que ha elevado a la iglesia católica a una categoría que no tiene correspondencia con los apoyos de la gente. En eso hay que ser cuidadoso. Sí comparto la idea del consenso dentro de la oposición para lograr una mayor y mejor visibilidad social y para evitar la duplicación y triplicación de mensajes políticos y sociales.

BC. Recientemente se han observado importantes diferencias de opinión entre los blogueros oficialistas respecto a las limitaciones de acceso a la Red en Cuba y el impacto de estas modernas tecnologías en la realidad nacional. En el corto o mediano plazo, ¿constituirá Internet un factor significativo en una eventual desaparición del sistema vigente?

MCM. Si y solo si el gobierno cubano permite aumentar la conexión de los ciudadanos a la Internet. Sin confundir el medio con el mensaje, la Internet tendría un impacto antisistema porque el sistema se asienta en la incomunicabilidad social de actores autónomos e independientes, que es lo que funda una opinión pública y posibilita el impacto sistémico de la crítica social. Hasta ahora se va logrando en Cuba la opinión en público, un índice de que la gente va perdiendo el miedo a expresarse abiertamente, pero no se ha logrado que esta opinión se convierta en opinión pública, que es la manera de intercambiar coherente y sistemáticamente dentro de plataformas compartidas las creencias y valores que se requiere para influir desde la gente en el cambio de sistema. Como el gobierno sabe todo esto y mucho más, se empeña en producir ese nuevo tipo de analfabeto comunicacional que crean las sociedades que están de espalda a la Internet, es decir: Corea del Norte y Cuba, fundamentalmente. Y las consecuencias no son solo en materia de retraso informativo y del conocimiento, sino también económicas. Es como oponerse en el siglo XIX a dos fenómenos: la imprenta y el ferrocarril. Dos fenómenos que ahora aparecen conectados en uno, con su impacto exponencial sobre las sociedades.

BC. ¿Cree que el totalitarismo dejará un lastre insalvable a la hora de reconstruir, de modo progresivo y firme, una futura Cuba libre y próspera? ¿Cuáles desafíos imagina serán los más importantes a enfrentar? ¿Qué impacto geopolítico, económico y social tendrá esa Cuba futura en las naciones de la región? 

MCM. No creo que las disfuncionalidades sean insalvables. Dependen del cómo se actúe y de los plazos que nos demos en cada ámbito. A corto plazo todo parece perdido, a mediano y largo plazos no. Ahora mismo hay señales en el campo económico y empresarial que demuestran que la sociedad está algo preparada para enfrentar sus desafíos. ¿Pero cuáles son esos desafíos?
Voy por partes. Si uno visita las cafeterías y paladares privados se dará cuenta que funcionan mejor que los del Estado, en sentido general. Esto es un aliento, mayor si tenemos en cuenta que el Estado no ofrece los incentivos económicos y sociales necesarios para estimular su proliferación. De modo que el desafío económico puede afrontarse satisfactoriamente una vez dadas las condiciones necesarias. La prosperidad no es un problema. Y nunca lo ha sido. El problema es que la prosperidad siempre ha estado enmascarada en la supervivencia de los mercados informales. Los mercados informales indicaban y siguen indicando dos cosas claves para el éxito económico: la voluntad de persistir pese a las condiciones adversas, y la habilidad para hacerlo pese a la represión. No hay nada milagroso, ni lo habrá el día en que Cuba se inserte bien en los mercados internacionales. Dicho esto, es claro que en este sentido habría mucho que aprender en términos de gestión moderna y eficiente de la economía, y de cómo funciona el mundo del mercado de los valores: las bolsas.
El desafío de una sociedad libre es también relativamente sencillo. Basta que desaparezcan los resortes de la represión tanto institucional como de hecho para ver una sociedad libre y vibrante. No hay más que ver las discusiones públicas en torno al deporte en Cuba, que no son reprimidas, para imaginarse el futuro en términos de libertad. Si el barómetro de Freedom House se aplicara a Cuba tomando como muestra lo que sucede en el Parque Central de La Habana, estaríamos dentro de las naciones más libres del hemisferio. Sin embargo, hay un extremo para una sociedad cualitativamente libre del que carecemos en Cuba: el sentido de la responsabilidad. Ello parece más difícil de reconstruir porque depende más de la capacidad moral de elegir libremente, y eso está muy debilitado en  los cubanos.
Lo que tiene su influencia en la democracia. No soy políticamente conservador, pero coincido con uno de ellos, el pensador norteamericano Michael Novak, cuando afirma que la democracia es moral o no es democracia: ella se fundamenta diariamente en la capacidad de elegir responsablemente, una capacidad intrínsecamente moral, que constituirá un desafío difícil para el futuro de Cuba.
Y creo que no es el único desafío democrático hacia el futuro. Para mí la democracia es más que el derecho de elegir. De hecho, las democracias electorales están en crisis. La crisis de los partidos es la crisis de las democracias electorales que definen el juego del poder entre maquinarias más o menos aceitadas y que son vulnerables frente a los poderes económicos. Unos poderes económicos que juegan más en términos globales que en términos nacionales, y que son difíciles de domeñar. El desafío de la democracia es también el de cómo controlar desde la ciudanía el juego libertino de la economía global, más complicada cuanto más insertada. Para los que entendemos la democracia no solo como el poder aritmético de la mayoría, sino como la capacidad de los ciudadanos para definir el juego, el desafío es inmenso. No niego la democracia electoral, y su correlato en la democracia representativa. Para nada. De hecho entiendo la democracia auténtica como aquella que no niega ningún proceso democrático, sino que los integra creativamente. Eso de democracia participativa versus democracia representativa es un chiste para gente poco rigurosa. Sin embargo, la prueba al talco de que la democracia ha llegado para no retroceder jamás está para mí en aquel proceso que reconoce a los ciudadanos, no al pueblo impronunciable de los demagogos o los técnicos, el derecho y la capacidad de definir las políticas del Estado, sus fundamentos y de reorientar los poderes en beneficio y dirección públicos. Por eso esa prueba de autenticidad radica a mí entender en la democracia deliberativa: la conversación respetuosa, inteligente, pública y racional que sostienen los ciudadanos permanentemente entre sí frente al Estado. Y este es un desafío que creo tendría Cuba para no empezar por donde otros están terminando en términos de democracia.
La democracia tiene otro desafío: este es cultural. Cuba es una nación diversa desde sus orígenes que ha vivido, sin embargo, bajo la hegemonía histórico- cultural de una de sus partes. Esta hegemonía ha fundado un modelo criollo con dos versiones básicas: una católica, que insiste en que su matriz es el fundamento y lo demás constituyen injertos más o menos felices, y la otra es colonial, aunque se vista de revolucionaria, que se apropia de ciertos resortes de esa matriz católica pero intenta dominarla tanto a ella como al resto de los fundamentos de la cultura cubana: su conclusión lógica es la de la hacienda familiar con extensión de país, y en el que, como jocosamente dice el Dr. Darsi Ferrer, quienes más saben de política, del ejército, de la homosexualidad, del  ganado o de pelota, son del linaje Castro Ruz. Toda una deriva poco seria para un país potente, con capacidad para ricos desarrollos cívicos, y multicultural.
Así el proceso político resultante ha sido excluyente de la diversidad y de los valores que desde esa diversidad confluyen en la sociedad (civil) y nación cubanas. Desde estos valores y características de la pluralidad cultural cubana no se comprende muy bien por qué la intolerancia se pudo instalar en el andamiaje de la política cubana. Asunto que se comprende desde aquella hegemonía histórica. El desafío de la democracia es justo entonces el desafío de la pluralidad.
Lo que supone el último desafío democrático que identifico, no el último que existe: el de la ciudadanía. La política definida por intereses corporativos: Estado, Iglesia, poderes económicos, intelectuales u otros, es el no va más de la política moderna. Yo asumo que nuestro fracaso histórico, auténticamente sonoro y desgarrador, radica en la confusión e identificación, interesada y legitimada, entre voz representativa y soberanía política.
A mi modo de ver pues, lo que Cuba pueda ser depende de su respuesta a estos y otros desafíos. Nada sencillo. 
Finalmente, nuestro impacto en la región se relaciona con esta narrativa cubana. Destino turístico, economía abierta, de servicios y del conocimiento, ligado todo a una democracia modélica convertirán a Cuba en un centro decisor en la región desde la mejor perspectiva: la de la paz, la estabilidad de los valores democráticos en la región y la estabilidad de un modelo de prosperidad. Que otras naciones del hemisferio sigan experimentando con utopías quemadas depende mucho de la persistencia consumida del “modelo” cubano. Nuestra responsabilidad en este sentido no es solo nacional. Pero para lograr eso, desde luego, necesitamos un requisito más: dejar la arrogancia, el guiño psicológico de nuestra inseguridad, en los anaqueles del pasado. ¿Será posible?